J. R. Kantor
Universidad de Chicago
Publicado originalmente en The Journal of Abnormal Psychology, 1918, 13, 158-167.
La psicología, como ciencia definida y concreta, ha obtenido mucha información valiosa de campos afines, y en particular, ha derivado gran valor de su relación con la psiquiatría, disciplina que en cierto sentido puede considerarse un ámbito de aplicación psicológica. El psicólogo ha obtenido de la psiquiatría no sólo la oportunidad de estudiar las variaciones de los fenómenos mentales, sino que, debido a los persistentes problemas que estos fenómenos implican, ha llegado a apreciar la necesidad de poner a prueba los conceptos empleados para abordar los fenómenos mentales en general. Quizás no sea necesario recordar a los psicólogos la gran cantidad de información que han obtenido de campos aplicados afines, relacionada con los procesos sensoriales, la memoria, la asociación, la localización cortical sensorial y otros hechos igualmente importantes. Un recordatorio suficiente de las ventajas que la observación de la conducta anormal aporta a la psicología se ofrece al hacer referencia a algunas de las excelencias de los “Principios” de James, en el momento de su publicación, y al valor actual del concepto de personalidad en el estudio de los fenómenos conscientes. En este sentido, también podemos referirnos al desarrollo del movimiento psicoanalítico en el campo de la psiquiatría y a su valor para poner de manifiesto las deficiencias de las doctrinas de los “estados mentales” y del “conductismo” abstracto en psicología. El psicólogo imparcial no puede dejar de reconocer el mérito del movimiento freudiano en psiquiatría por haber esclarecido la psicología respecto a la importancia de los factores sociales en la conducta humana.
Podemos resumir las ventajas que la psicología obtiene de la consideración de los distintos tipos de actividad humana señalando que, en consecuencia, la psicología tiende hacia una concepción más adecuada de su objeto de estudio, la concepción, a saber, que tiene como datos propios el comportamiento consciente, y no la conciencia ni el comportamiento. Esta concepción del comportamiento consciente, que deriva directamente de datos exactos, pone a la psicología en contacto directo con los fenómenos reales que existen y se desarrollan. Además, el desarrollo de esta idea sentará las bases de algunos de los temas recurrentes de la psicología, entre los que destacan los problemas de la conciencia y su variante, el subconsciente, y el problema mente-cuerpo. Finalmente, dado que la psicología se proporciona así una base científica más sólida, será sumamente útil para abordar las conductas anormales que dificultan el trabajo del psiquiatra.
Una conducta consciente es un acto complejo de un ser consciente y siempre constituye un ajuste específico a algún objeto o condición. Estos objetos pueden ser cosas físicas, otros seres conscientes, personas, objetos sociales como costumbres y opiniones, o algún objeto sensorial e intangible como un ideal social o individual. Las condiciones mencionadas también son físicas, sociales o ideales, e indican la complejidad de la adaptación humana. Al estudiar las complejas adaptaciones de los seres humanos, la psicología no tiene por qué negar ni ignorar ningún hecho de la conducta consciente, y puede considerar su desarrollo hacia tipos de actividad más elevados. Las acciones humanas no tienen por qué reducirse a los simples movimientos de los animales inferiores, ya que esta actitud permite la existencia de conductas morales, sociales, estéticas y de otra índole. Estas acciones no se reducen a respuestas que puedan correlacionarse con estímulos extremadamente simples como causas. El hecho de no considerar el comportamiento humano como acciones complejas con fines específicos no ha dado lugar a un mayor conocimiento sobre ellas. Y cuando los comportamientos se desviaban tanto del estándar que llamaban la atención del psiquiatra, este no podía abordarlos, ya que no eran ni exclusivamente simples, ni lesiones cerebrales, ni trastornos mentales.
La descripción dinámica del comportamiento consciente puede ampliarse aún más mediante la enumeración de varias características peculiares, que sirven para distinguirlo claramente de otros tipos de acción. En primer lugar, está la variabilidad de la respuesta, que significa persistencia en producir un cambio específico en la relación entre el individuo y las condiciones circundantes. Parece haber un propósito en la conducta. Otra característica del comportamiento es que es modificable; el organismo se adapta a las condiciones tomando como referencia acciones pasadas y su relación con las situaciones presentes, que pueden ser desconocidas para el organismo. La modificación del comportamiento, en su forma desarrollada en la especie humana, permite al individuo actuar basándose en información. En este último caso, se implica un uso discriminativo de la memoria, que es la base de todo comportamiento inteligente. Finalmente, existen las características de inhibición y demora que propician un desarrollo aún mayor de la acción. Aquí encontramos los inicios de conductas voluntarias y otras que requieren funciones de resolución de problemas altamente elaboradas. Estas características se refieren principalmente a los rasgos mentales más específicos de la conducta consciente y no son, en ningún sentido, funciones exclusivas de los procesos cerebrales.
La descripción analítica de la conducta consciente revela una compleja serie de funciones componentes, cada una de las cuales contribuye al efecto total de la acción adaptativa. Esta serie de funciones incluye factores mentales, conductuales y ambientales, todos ellos orgánicamente relacionados, que forman una función unitaria de respuesta. Estos factores están invariablemente presentes, pero no en el mismo grado. En algunos casos, puede haber un predominio de uno o más factores, que pueden ser recesivos en otras conductas. Toda conducta consciente tiene como factores en su componente mental tres grupos de subfactores. Estos pueden denominarse funciones cognitivas, afectivas y conativas. La función cognitiva, en su forma más simple, puede describirse como una percepción vaga de la presencia de un objeto estimulante. En sus formas más desarrolladas, la función cognitiva se representa mediante significados que constituyen los núcleos principales de todas las respuestas discriminativas. Estos significados son factores importantes en las voliciones, las percepciones, los instintos, las emociones, los recuerdos y los pensamientos. Las funciones cognitivas determinan, en mayor medida que cualquier otro factor, el tipo de respuesta que provocará el objeto de estímulo.
Las funciones conativas pueden caracterizarse como las fases excitatorias del comportamiento consciente; son los elementos que dan lugar a la espontaneidad original del individuo, a su sensibilidad a las influencias externas. Es fundamental destacar la diferencia en un organismo entre la espontaneidad atribuible a la mera función vital y la espontaneidad adicional que genera la función conativa. El proceso conativo siempre implica una reacción discriminativa. En definitiva, la respuesta conativa está mucho más alejada de la explicación basada en fundamentos fisicoquímicos que los meros procesos fisiológicos. Las funciones conativas, en su forma integrada, constituyen el tipo de comportamiento impulsivo, que contrasta con el tipo reflexivo. En términos generales, podríamos decir que el factor conativo inicia una respuesta, mientras que la función cognitiva determina cuál será la respuesta en relación con el estímulo-objeto particular y su contexto. En cierto modo, la función conativa es más primitiva que la función cognitiva, ya que la primera es más prominente cuando la función cognitiva es menos prominente. Las funciones afectivas determinan el grado de disposición y capacidad para responder a los estímulos, y condicionan la continuación o interrupción del acto de respuesta, una vez iniciado. Las funciones afectivas presentes en una situación dada también son síntomas del éxito o fracaso de un comportamiento particular para producir un ajuste deseable.
Los factores conductuales específicos son las tres funciones predominantemente fisiológicas: la muscular, la glandular y la orgánica. Sin ellas no puede haber comportamiento consciente. Estas funciones pueden considerarse aproximadamente correlacionadas con las funciones conscientes. Por ejemplo, las funciones glandulares son prominentes en comportamientos que son predominantemente procesos afectivos, mientras que las acciones musculares son más prominentes en comportamientos que enfatizan los procesos conativos. El tercer elemento de la serie de funciones constituye las condiciones ambientales, que limitan y controlan el comportamiento al proporcionar oportunidades de ajuste. La importancia de este elemento de la serie es innegable, ya que ningún acto puede ocurrir en el vacío, y lo que un acto debe ser está, en gran medida, condicionado por las circunstancias circundantes. Debemos considerar todos los comportamientos complejos como tendencias instintivas a la acción, que se modifican por la interacción con el entorno. La integración de comportamientos de respuesta simples en el individuo humano está estrictamente regulada por las condiciones ambientales naturales, sociales y culturales.
Cualquier comportamiento consciente específico está representado por diversos componentes de los tres factores que acabamos de analizar. El punto de vista que aquí se da a entender es que ningún ajuste humano es inconsciente. Esta actitud se sustenta en el hecho de que todo comportamiento consciente es el acto de un individuo organizado y complejo. El comportamiento consciente de tipo instintivo y habitual tendrá un predominio de factores conductistas y estará más condicionado por las circunstancias externas. Las acciones y el pensamiento voluntarios, se basan en un plan que incluye los factores conscientes, y son más independientes de las condiciones del entorno inmediato. Esta independencia relativa permite una mayor movilidad y eficiencia en los ajustes, y se adapta a lo que es el individuo, no sólo para satisfacer las necesidades de una situación específica, sino también para aumentar las posibilidades de la situación. Los comportamientos volitivos-pensantes funcionan solo en condiciones ricas en posibilidades de respuestas variadas. Debemos señalar a este respecto que un comportamiento consciente es siempre un acto de ajuste: su independencia es extremadamente relativa a una situación que progresa constantemente en complejidad. Las funciones de pensamiento más elaboradas son integraciones de los resultados de ajustes por ensayo y error a problemas ambientales complejos.
El significado completo de las fórmulas que representan el comportamiento consciente no puede apreciarse a menos que consideremos que todo comportamiento es una acción de un ser consciente específico, y el acto, por lo tanto, está condicionado por todo lo que el individuo es y puede hacer. Este hecho nos instruye sobre el carácter de los componentes del comportamiento. Aprendemos que los procesos de ajuste musculares y glandulares tienen un cierto orden y fuerza, y son efectivos en ciertas situaciones, pero no en otras. Los factores de uso y desuso son importantes aquí. En cuanto a los componentes mentales más definidos, las fórmulas del comportamiento darán cuenta de un gran número de influencias que determinan acciones específicas. Entre ellas se incluyen diversos productos de la experiencia, que funcionan bajo los nombres de ideales, sentimientos, intereses, creencias y convicciones. Estos elementos son modificaciones permanentes que se producen en los individuos por la interacción con su entorno, tanto físico como social, y son variaciones complementarias a los cambios corporales específicos que componen partes integrales del comportamiento consciente. Cabe insistir en que estos complejos individuales y sociales, que en el pensamiento cotidiano han llegado a significar colectivamente personalidad o carácter, forman parte de los actos; son componentes específicos de las respuestas a las condiciones humanas y ambientales. La consideración de todos los factores que componen cualquier comportamiento consciente da como resultado su estudio, en todos los casos, como un acontecimiento concreto y empírico, que bien puede constituir la base para la interpretación científica. La consideración del ser que realiza el comportamiento pone de manifiesto de inmediato los elementos más permanentes de dicho comportamiento. Al estudiar al individuo que actúa, consideramos la serie completa de capacidades y tendencias de acción, centradas en el individuo, modificadas por acciones pasadas y que, en cada momento, determinan la naturaleza específica de una acción presente. Solo al considerar al individuo se dispone de información sobre los motivos e intenciones que, en parte, impulsan todo comportamiento humano complejo. En la mayoría de las acciones complejas, debemos basarnos en la información obtenida de estas posibilidades de acción permanentes para comprender el significado del comportamiento, y cualquier capacidad de predicción del mismo depende enteramente de dicha información. La mezquindad, la generosidad, la suficiencia y otras cualidades de cualquier acto son funciones muy específicas de los complejos sistemas de tendencias de acción heredadas y adquiridas que constituyen al individuo.
El valor de la teoría del comportamiento consciente, tal como se ha expuesto, se evidencia en la aplicación de las fórmulas para interpretar las modificaciones importantes del comportamiento humano. El comportamiento anormal puede explicarse por el grado de desorganización de los factores que lo componen. La cuestión es que lo que normalmente llamamos comportamiento anormal puede considerarse un acto cuya fórmula difiere notablemente de la fórmula que representa el comportamiento normal o habitual de ese individuo. Este hecho se ilustra bien con los paréticos, quienes, debido a algún cambio en su organización psicofísica, realizan actos que no están influenciados por sus sentimientos y convicciones habituales. Esto es especialmente notorio en algunos casos al satisfacer el apetito sexual de una manera que, en circunstancias normales, sería completamente repugnante. En los casos de demencia precoz encontramos individuos que, debido a alguna experiencia perturbadora, ahora demasiado frecuente en nuestras condiciones sociales, están tan desorganizados que pierden todos los actos que requieren la guía de ciertos intereses y hábitos de acción adquiridos. Los llamados delincuentes morales realizan acciones que parecen controladas casi por completo por tendencias instintivas. Parece haber una falta de sentimiento en el individuo, como el que surge normalmente del contacto con otras personas, y una falta de comprensión de las consecuencias de los actos pasados. Las desorganizaciones que se encuentran en el comportamiento anormal involucran funciones unitarias o series de funciones componentes, e indican fallos correspondientes de adaptación a las condiciones del entorno. A medida que se ponen a disposición para su estudio las historias de las víctimas del trauma de guerra, encontramos todas las formas posibles de desorganización de los componentes de la acción. De manera práctica, podemos ubicar las fuentes de la desorganización en los componentes mentales o conductistas del comportamiento consciente, aunque debe recordarse que estas distinciones son puramente lógicas o verbales. Siguiendo este mismo ejemplo práctico, podemos ver algunas alteraciones del comportamiento como una desorganización de los componentes mentales y conductuales, junto con el entorno. Esta es la condición en la mayoría de los casos genuinos de paranoia. Este tipo de casos muestran reacciones psicofísicas que, consideradas individualmente, serían normales, pero al estar completamente desarmonizadas con su contexto real, resultan, por lo tanto, anormales.
Una perspectiva orgánica y exhaustiva sobre las funciones mentales, como la que aquí se describe, arrojará mucha luz sobre algunos problemas complejos de la psicología. Los conceptos de conciencia y subconsciente adquirirán un significado más preciso y científico, y el problema tradicional mente-cuerpo dejará de ser un obstáculo para que la psicología avance hacia la estabilidad científica.
La perspectiva orgánica del comportamiento consciente considera a la consciencia no como una entidad independiente o una sustancia paralela a la materia física, sino como un factor definido y verificable del comportamiento humano, que genera cualidades específicas de la acción que no se encuentran en otros tipos de comportamiento. El lugar de la consciencia en la actividad humana es un hecho observable, al que la psicología debe dar una determinación adecuada, del mismo modo que los hechos de energía se evalúan en física y las funciones vitales en biología. La perspectiva orgánica insiste en la descripción de la acción humana tal como ocurre, en términos de sus funciones componentes y su relación con otros hechos observables y relacionados.
El concepto de subconsciente se renueva y clarifica por completo. Dado que no existe la consciencia como entidad, naturalmente, tampoco puede existir el subconsciente. La experiencia científica indica que solo existen actividades subconscientes, comportamientos en los que los componentes complejos de la consciencia apenas se manifiestan. El comportamiento subconsciente es principalmente conductual y ambiental, y carece por completo de autoconciencia. Según esta perspectiva, los comportamientos subconscientes son simplemente aquellas acciones que difieren de otros comportamientos, debido a una marcada inclinación hacia sistemas de acción habituales o preestablecidos, controlados por las condiciones del entorno. Este hecho elimina gran parte del misterio que rodea a este tipo de comportamiento, ya que es evidente que estos actos más o menos automatizados constituyen, con mucho, la mayor parte de los fenómenos conscientes y representan fases importantes de la memoria, el pensamiento y la acción voluntaria.
El avance de la psicología como ciencia definida no deja lugar a un problema mente-cuerpo, puesto que la mente y el cuerpo no son fenómenos observables para el científico. El psicólogo que describe cualquier observación de fenómenos conscientes reales no puede describir otra cosa que un comportamiento consciente, que es la acción de un ser consciente. Los debates actuales sobre paralelismo e interacción son completamente ajenos a la observación y descripción científicas. El problema mente-cuerpo es una herencia indeseable de la época en que la psicología aún era una rama de la metafísica, y no solo ha perjudicado a la psicología propiamente dicha, sino que ha contribuido enormemente a la insuficiencia de la psicología como herramienta para la solución de los problemas prácticos de la psiquiatría. El rechazo total de la disociación mente-cuerpo en la psicología eliminaría de la ciencia las perspectivas extremas, mentalistas y conductistas, con la consiguiente confusión de los hechos psicológicos.
La teoría de la separación en psicología puede considerarse responsable del estado insatisfactorio actual de la psiquiatría, en la medida en que esta disciplina depende de la psicología como fundamento. Una doctrina de la separación subyace a la controversia psicogenético-fisiológica, que se corresponde con el lento desarrollo del tratamiento eficaz de las dificultades de adaptación humana. La controversia en torno a las bases psicógenas y fisiológicas de las enfermedades mentales, que ha ensombrecido la labor del psiquiatra, puede atribuirse a una concepción errónea de la naturaleza de la organización y el comportamiento humanos. El propio término «enfermedad mental» es síntoma de la imprecisión del pensamiento que impera en los círculos psicológicos y psiquiátricos. Resulta sumamente gratificante observar cómo el psiquiatra, impulsado por su interés forense, ha llegado a comprender que, en definitiva, se ocupa del comportamiento y no de deficiencias mentales. Los hechos irrefutables de la adaptación moral sin deficiencia intelectual también han contribuido a corregir la postura del psiquiatra. Los casos de histeria y neurastenia, observados con detenimiento, siempre han apuntado a una interpretación de estas afecciones como un comportamiento consciente defectuoso. La plena comprensión de la conducta consciente otorgará a las funciones psíquicas y fisiológicas el lugar que les corresponde en la adaptación integral.
La marcada antítesis que han desarrollado recientemente los psicopatólogos, quienes enfatizan los factores puramente mentales, por un lado, y los estrictos conductistas, que enfatizan los medios automáticos y reflejos de respuesta, por el otro, marca un desarrollo del pensamiento que busca investigar los hechos subyacentes del comportamiento humano. Desde la elaboración de las ideas de Kraepelin, las llamadas enfermedades mentales deben considerarse defectos de las personalidades anormales. Ahora parece bastante claro que, para comprender adecuadamente las acciones de dichas personalidades, no debemos perder de vista ninguno de los factores esenciales. Inevitablemente, fracasaremos en nuestras investigaciones si consideramos la acción como un solo aspecto del conjunto. Enfatizar el aspecto mental implica llegar a una doctrina extraña de estados mentales desapegados, su inconsciente y otras condiciones anómalas e inexperimentadas que caracterizan la literatura freudiana. A pesar del mérito de la perspectiva freudiana, que ha arrojado mucha luz sobre los hechos de la experiencia, el movimiento como desarrollo psicológico se ve viciado por no incluir en su programa al individuo en su totalidad. Esta omisión ha dado lugar a las tosquedades de lo irreal y lo sexual, y a la libido metafísica, ninguna de las cuales ha contribuido a la comprensión de los problemas psiquiátricos, ni a su solución. La ruptura adleriana con la postura freudiana indica, al menos, un síntoma dentro del movimiento freudiano: la necesidad de incluir los aspectos corporales de los individuos estudiados.
La insistencia en una base exclusivamente fisiológica para las enfermedades mentales está tan alejada de la comprensión de las condiciones de las personas y su acción como la actitud mentalista. Además, ignora los hechos reveladores sobre el lugar que ocupa la experiencia pasada, tanto individual como social, como influencia en el comportamiento humano. La única razón por la que estas actitudes parciales pueden existir, y no evidenciar su insuficiencia, es que en ciertas situaciones prácticas no importa si existe o no una base adecuada para el tratamiento. Esto no es sorprendente, ya que incluso en un cálculo es posible llegar a un total correcto, siempre que se cometan al menos dos errores. Sin embargo, para su avance como ciencia, la psiquiatría debe, debido a sus problemas más acuciantes, basarse en una psicología precisa. Esto se ilustra claramente con el hecho de que la historia de la psiquiatría está estrechamente ligada a la evolución de las concepciones psicológicas. Así, en Alemania, Ziehen buscó que su actitud herbartiana destacara frente a la psicología de la apercepción wundtiana. Este polémico procedimiento no tuvo un efecto del todo positivo en la concepción de Ziehen sobre la enfermedad mental. Kraepelin consideró especialmente objetable el grupo de paranoia de Ziehen, porque contenía afecciones crónicas completamente diferentes y psicosis agudas, debido a la influencia de ser trastornos del «intelecto». La influencia de la psicología wundtiana sobre la psiquiatría de Kraepelin es notable, aunque Kraepelin planteó seriamente la cuestión entre la psiquiatría clínica y la psicológica. Kraepelin se vio impulsado a plantear esta cuestión por su reconocimiento de la insuficiencia de ciertos tipos de perspectivas psicológicas. Las dificultades de su propia clasificación y descripción surgieron en gran parte de su incapacidad para comprender que, en lugar de abandonar la psicología, era necesario adoptar una actitud psicológica satisfactoria.
Debemos insistir en que no es sólo la clasificación psiquiátrica la que requiere una concepción psicológica adecuada como fundamento, sino todas las fases de la psiquiatría. La falta de dicho fundamento puede considerarse la fuente de las dificultades experimentadas en los círculos fisiológicos con las teorías de localización de Wernicke. Las controversias existentes entre las escuelas rivales de Nancy y Salpêtrière en el ámbito psíquico pueden atribuirse a la misma fuente, mientras que el reciente éxito del movimiento psicoanalítico puede considerarse un síntoma de la extrema insuficiencia de una psicología de los “estados mentales” o del “comportamiento” abstracto. Un estudio del estado actual de los principios y procedimientos psiquiátricos lleva a presuponer que una psiquiatría útil sería aquella que considera el comportamiento humano como una acción compleja que involucra una serie de funciones componentes.
Cabe señalar, a modo de conclusión, que precisamente porque el estudio del comportamiento consciente se basa en fenómenos concretos y existentes, puede trascender las fronteras entre lo teórico y lo práctico. Observamos que la psicología, que puede considerarse la ciencia más teórica o “pura”, progresa a partir de datos derivados del ámbito de lo anormal. Y, dado que la psicología, como ciencia más teórica, no se rige por la urgencia de lograr resultados inmediatos, puede aportar a su ámbito tal orden e interpretación de los hechos que le permitan ayudar materialmente a la psiquiatría a abordar adecuadamente sus problemas de adaptación humana.




